sábado, 13 de agosto de 2016

CUANDO GRITE EL CORAZÓN

Dios ha sido el creador de todo lo que hay sobre la tierra y esto es noticia de dominio público.
Él es tan perfecto en sus cosas que a cada una le dio fines y características particulares. Unas miran, otras no. Unas sienten, otras no. Unas respiran, otras no... y así, hasta llegar a las que hablan y las que no.
Aquí les cuento sobre una cosa en particular que hizo en mi cuerpo: colocó un corazón muy grande que es capaz de sentir, oler, mirar, oír; pero que, aunque llegue a degustar, no puede hablar.
Y es que este corazón ha estado preso de lo que siente. Preso por no poder gritar tantas cosas que desearía exteriorizar, preso por no poder hablarle acerca de lo que realmente lleva dentro de si, a esa persona a quién se entregó por completo.
Si mi corazón pudiera gritar (o al menos hablar) le diría a ese ser que ama que cuando está lejos, lo extraña; cuando no lo escucha, se siente triste; cuando no lo ve, fantasea con mirarlo; cuando suspira, percibe el olor de su piel y que cuando piensa en el futuro, siente miedo de imaginarse destrozado.
Si al menos mi corazón fuera valiente, gritaría todas esas cosas, pero prefiere seguir sumido en la angustiosa presión de creerse correspondido; en la tormentosa ilusión de recibir detalles que lo engrandezcan y en el inalcanzable momento de sentir la paz y tranquilidad que un corazón feliz lleva consigo.
Si tan solo mi corazón tuviera el coraje suficiente de detenerse para no volverse a sentir tan despreciado sería una salida para él, pero se empeña en seguir adelante y enmudecido durante cada latido.
Si tan solo hiciera un alto a tantos momentos que le hieren, tendría la oportunidad de expresarse sin sentir miedo, pero su cobardía le impide afrontar esa situación.
Y sé que un buen día Dios me va a colocar de primera en la fila de los más valientes y seré yo y estaré ahí cuando grite el corazón. 

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